DISCULPA, SE NOS CAYÓ EL SISTEMA.
Históricamente, Chile se fundó en una pobreza del vestir; los soldados del conquistador Pedro de Valdivia, iban harapientos, situación que no cambio hasta la llegada del Gobernador García Hurtado de Mendoza, quien trajo ciertos lujos del vestir y el refinamiento del habla castellana, lo más cercano a una corte de la metrópolis, que el naciente reino pudo apreciar.
Entrado ya el periodo colonial, las mujeres de alcurnia, dada la lejanía del territorio y por ende, el largo tiempo que tardaba el arribo de los enceres encargados a Europa, terminaron vistiendo prendas fuera de uso y refaccionadas, al punto que las damas de esta tierra, llegaron a crear, con el paso del tiempo, una moda particular, única, a partir de los modelos hispánicos, respondiendo de tal forma, a su condición territorial y posibilidades materiales de ostentación.
La vestimenta no es superflua, indica jerarquías, funciones, valores, fijaciones y pertenencias dentro de una sociedad. Más allá de su necesidad, es una proyección estética.
“La ropa usada”, es la prenda que ha servido ya como atavío de un sujeto, reciclada para ser utilizada nuevamente. Si alguna vez fue alternativa, solo para presupuestos escasos, hoy es común a todo nivel, recurrir a ella, como un fetiche de originalidad.
Por otro lado, la expresión popular “prestar ropa”, advierte un factor que muchas veces resulta fundamental en la sociedad chilena, para ingresar a los circuitos sociales y laborales, más allá de los meritos particulares de cada individuo. Te presto ropa, te doy mi apoyo, soy tu prenda.
De esta manera, se presenta la “teoría de la ropa usada”, apelando a la precariedad del sistema del arte chileno, entendida como una herencia fundacional, desde lo material, así como a la necesidad de un aval, como lugar común, para ingresar a él y funcionar de buena forma, pero también al afán por encontrar una estética singular, propia, a partir de los modelos exportados y las condiciones particulares de un hábitat, social y geográfico.
Un relato que pretende funcionar de manera alegórica, para la selección y el despliegue de obras de arte.
Por otra lado, a partir de los soportes utilizados para la realización de aquellas, se configura una lectura en dirección opuesta.
Nuevas tecnologías, implican nuevos aprendizajes, nuevos razonamientos y con ello, la activación de procesos que generan las adaptaciones de uso necesarias. Se podría señalar una fase de “domesticación tecnológica”, siendo parte de ella, sin duda, la incorporación de este conjunto de conocimientos recientes, al desarrollo del arte, como actividad que sucede inmersa en un contexto socio – cultural y temporal definido.
Arte y tecnología se yuxtaponen, toda vez que aquel muestra, demuestra, traduce, visualiza, hace tangible al fin, en su afán de profanar al mundo, su entorno, lo que le rodea, de lo cual se alimenta.
En rigor, un dispositivo tecnológico, que no requiera de la intervención humana para funcionar y por supuesto, para ser creado, no se concibe. Pero hoy favorecemos, en la relación mencionada, el incremento de la mediatización, básicamente por el uso de artefactos que hacen posible la concepción de una obra, dentro de un espacio virtual, a través de la activación de circuitos y censores de todo tipo.
La huella del cuerpo se aleja, pero no la del sentido. Técnica y tecnología, forman parte del repertorio al que pueden acudir los artistas, convirtiéndose en muchos casos la obra, en un dispositivo heterogéneo, relacionado, no solo a través de sus medios y formas de ejecución, sino que integrado también por las diferentes categorías del espacio por donde transita; de tal manera, lo íntimo y lo compartido, lo interior y lo exterior, lo individual y lo colectivo, dialogan como una cadena de factores, que confirman la fusión de los estratos del oficio y en ello, aparece el formato de la instalación, como un estándar que permite la convivencia, entre manualidad y tecnologías contemporáneas, alegórica evidencia de los cruces entre las diversas líneas temporales que configuran la realidad latinoamericana, donde modernidad, pre – modernidad y la inmediatez del presente, se bifurcan.
Finalmente, el aval de un tercero para ingresar al sistema del arte, así como la necesidad de generar una estética propia, a partir de la adaptación de procedimientos externos, permanecen como constantes infranqueables, vale decir, consolidadas como estructuras sociales, para el territorio chileno. También lo precario, se ha convertido en lugar común, para referirse a un estado de las cosas, en el contexto del sur. Lejanía en tanto, otro adjetivo que nos inscribe, hoy se ve compensado en parte, por la integración mediante las tecnologías de la comunicación.
Pero catástrofes naturales, golpes de estado, dependencia económica, subdesarrollo y otras vicisitudes, que todo lo pueden tirar al suelo, desnudan la fragilidad de un medio, al que le cuesta subsistir, porque no ha logrado conocer el espesor de su verdad, ya que es un eterno porvenir, arrojado a la historia de la humanidad, donde todo el tiempo se está luchando por construir, sistemas, estructuras, arquitecturas, ciudad; un ecosistema donde poder cumplir las promesas fundacionales.
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